Así recupero en mi novela “Como un pulso” una de mis presentaciones en los juzgados de Valencia

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“A las doce menos cuarto llegaba desde la calle de la Paz al Parterre y cruzaba la solemne puerta de los juzgados de Valencia con su paso decidido de siempre. Tras dar los buenos días a los dos guardias civiles que se refugiaban del frío a la entrada del enorme zaguán, les preguntó dónde se encontraba el juzgado número dos. Uno de ellos la saludó, colocando su mano derecha en el borde del tricornio y diciendo un buenos días, señora, que parecía ir dirigido a su enorme barriga. Después, le indicó el complicado recorrido que tenía que hacer para llegar a su destino. Julia subió primero las escaleras señoriales que se abrían a la izquierda. Tras un enorme rellano en piedra, aparecieron otras escaleras, menos imponentes, y, al final de varios pasillos, encontró el letrero que indicaba que había llegado a la puerta que estaba buscando. Llamó con los nudillos. Tras escuchar un adelante, entró en un espacio que estaba lejos del recuerdo que tenía del juzgado de Granada, con sus espacios amplios y ordenados. Ahora se encontraba en una sala no muy grande, en la que convivían apretadamente tres enormes escritorios que parecían haber sido depositados allí sin orden ni concierto. Tras cada uno de ellos, un funcionario escribía a máquina en el único hueco que dejaban los montones de legajos que parecían querer invadir todo el espacio. El ruido de las máquinas subía hacia el techo acompañando el humo de los cigarrillos. Esto parece una república, pensó Julia que habría dicho su madre. Se dirigió a la primera mesa y enseñó el apremio. El funcionario le indicó la mesa más grande y allí firmó Julia su primera comparecencia ante el juzgado. La seguirían dieciocho más y, como aquella primera vez, tras cada una de ellas, al salir de los juzgados, se dirigía a una cabina de teléfonos y llamaba a casa de los padres de Simón. Aquella vez, Encarna le dijo que Simón ya estaba en casa porque le había indultado Juan Carlos. El indulto llevaba fecha del 25 de noviembre, fue lo último que oyó Julia antes de oír la voz de Simón, que le había arrebatado el teléfono a su madre.”

(Isabel Alonso Dávila, Como un pulso, Caligrama, mayo de 2020, p. 226-227)

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