“TRIBUNAL DE ORDEN PÚBLICO. SECRETARÍA. Rollo 3265 de 1975. Sumario núm. 1647 de 1975”. Página 7. Más cómo recojo esto en “Como un pulso”

“DILIGENCIA.- En la ciudad de Granada a once de octubre de mil novecientos setenta y cinco.

Para hacer constar que siendo las once horas cinco minutos del día de la fecha, se recibe llamada telefónica procedente de la Jefatura Superior de Policía dando cuenta de que se ha practicado un registro en el domicilio de Isabel Alonso Dávila en Avenida de Badajoz número uno, séptimo D, por existir sospechas de que existen materiales de propagandas subversivas, de cuyo resultado darán cuenta al Juzgado. Doy cuenta a S.Sª Ilma. doy fe.”

Así narro en “Como un pulso” los hechos relacionados con este documento:

Portada de Como un pulso, Caligrama, mayo de 2020

Cuando hacía poco tiempo que se había despertado en el asqueroso camastro y había llamado al guardia, un policía de paisano, que le pareció que no era ninguno de los que les habían detenido, la sacó de la celda y la subió a la planta baja. Allí la esposó y la condujo a un patio interior donde aparecían estacionados tres coches zeta y siete particulares: un Simca mil, dos seiscientos, un cuatro latas, un Gordini, un Seat 124 y, reinando sobre el grupo, un tiburón.

   El policía introdujo a Julia en el asiento trasero de uno de los coches Z, en el que ya estaba un gris en el puesto del conductor y otro policía de paisano en el del copiloto. El social que la había llevado se sentó con ella en el asiento trasero. Julia juntó al máximo sus piernas para intentar que no escapara el olor que estaba segura de que desprendía.

   –¿A dónde vamos? – preguntó.

   –Menos preguntitas, lista, que enseguida lo sabrás –contestó el policía que la había metido en el coche.

   El conductor puso la marcha atrás y empezó a hacer las maniobras a las que obligaba aquel espacio, tan lleno de coches, para encarar el portón que daba a la calle. Justo antes de salir, Julia pudo ver su 127 estacionado en un rincón de aquel patio y preguntó qué hacía allí su coche.

   –¿Otra preguntita? –le dijo el de la Social que iba en el asiento del copiloto–. Ya sabíamos que eras muy habladora, pero me parece que estás superando nuestras expectativas.

   –Yo creo que con que sepas que tenemos la autorización pertinente, ya tienes suficientes respuestas –le contestó el policía que iba sentado a su lado–. Así que, ahora, tranquilita, que ya tendrás tiempo de hablar cuando empecemos a interrogarte.

   –¿Y cuándo va a ser eso? –dijo Julia sin poder evitar que su tono sonara insolente.

   El policía no le contestó, sino que se dirigió a su compañero.

   –Me parece a mí que ésta está pidiendo a gritos un poco del tratamiento del jarabe ese que nos da tan buenos resultados. Cómo se nota que es el primer día que la tenemos con nosotros. Ya la iremos colocando en su sitio, ¿no crees? –Ante la falta de respuesta del compañero, añadió mirando esta vez a Julia– tú, tranquila, que me parece que vamos a tener tiempo de sobra. Con el permiso de su señoría, claro.

   El coche zeta giró alrededor de tres de los cuatro lados de la Plaza de los Lobos, sin que Julia pudiera ver a ningún peatón ni a ninguna persona disfrutando de las primeras horas del día en alguno de los bancos de la zona ajardinada que ocupaba el centro de la plaza. Ni un solo bar, ni una sola tienda. Estaba claro que aquella plaza era de los lobos y para los lobos y que no era sólo ella la que intentaba no pisarla.

   Al salir de la plaza, el coche se dirigió hacia Gran Capitán y, de allí, a la Plaza del Triunfo, desde la que, tras un giro a la izquierda, encaró la Avenida de Calvo Sotelo. Julia pudo entonces comprobar que, en realidad, estaban rehaciendo el mismo camino que habían recorrido el día anterior pero esta vez en sentido inverso. Al pasar por la esquina de la Avenida de la Estación, volvió a mirar hacia la puerta de la casa de los padres de Simón y de nuevo se encontró con una foto fija en la que ningún movimiento daba señales de vida.

   Al llegar al bloque uno de la Barriada de la Encina, en el barrio de La Chana, el gris que conducía el coche zeta aparcó ordenadamente en el solar que había delante de la casa. Primero bajó el social que iba en el asiento del copiloto y se dirigió hacia la parte trasera del coche. Julia se giró en su asiento y pudo ver cómo el policía abría el maletero y sacaba algo de allí, dirigiéndose hacia la puerta del bloque. Entonces observó cómo el policía apoyaba una pequeña mesa plegable y un pequeño sillín de trípode, también plegable, en el lado derecho de la puerta y volvía hacia el maletero que había dejado abierto. Sacó entonces una funda dura de color gris en la que se podía leer: Olivetti. Sólo después de haber concluido esta operación, se bajó el gris que había conducido y abrió la puerta más cercana a Julia.

   –Anda, baja –le dijo.

   Cuando Julia estuvo fuera, bajó del coche el social que había ido a su lado durante el trayecto y la llevó hacia la puerta del edificio mientras el otro policía de paisano pulsaba el timbre del interfono del sexto D.

   –Buenos días, señor –dijo una voz masculina en un tono respetuoso.

   –Abra la puerta, agente –dijo el social que transportaba la Olivetti.

   –A sus órdenes, señor –y un sonido metálico, que irritó profundamente a Julia, permitió la apertura de la puerta.

   Uno de los sociales se dirigió, con Julia cogida del brazo, hacia el ascensor y abrió la puerta para que pudiera entrar su compañero con la mesa, el sillín y la Olivetti. Algo apretados, subieron hasta el séptimo piso y se dirigieron a la puerta de la casa de la que habían sacado a Julia el día anterior. Allí les estaba esperando, vestido de paisano, el tímido policía nacional que había sido su vecino de abajo durante dos años.

   –Quite el precinto y abra con la llave maestra, agente. Que vamos a proceder al registro –dijo el social de la Olivetti.

   -Y la orden de registro –interrumpió Julia la acción. El social extendió un folio a Julia con el gesto de quien se siente hastiado de tener que cumplir con las escasas normas que no se puede saltar.

   –Aquí tienes la autorización, lista.

   Julia leyó el escrito con todo detenimiento:

“AUTORIZACIÓN DE ENTRADA Y REGISTRO. –

   EL JEFE DE LA BRIGADA REGIONAL DE INVESTIGACIÓN SOCIAL DE LA JEFATURA SUPERIOR DE POLICÍA DE LA REGIÓN DE ANDALUCÍA ORIENTAL, CON SEDE EN ESTA CAPITAL, INSPECTOR JEFE DEL CUERPO GENERAL DE POLICÍA, titular del carnet profesional número 4.375, de conformidad con lo dispuesto en el artículo 14 del Decreto-Ley 10/75, de 26 de agosto, sobre prevención del terrorismo, EXISTIENDO indicios suficientes de que en el domicilio sito en la Avenida de Badajoz, bloque nº 1, 7º D, donde habita JULIA ÁVILA SANZ, nacida el 23-11-53 en Valladolid, hija de Dionisio y Florita, estudiante, casada, por ser miembro de una de las Organizaciones declaradas fuera de la ley en el artículo 4º del mencionado Decreto–Ley y puedan encontrarse en dicha vivienda efectos e instrumentos para la comisión de delitos de terrorismo, libros, documentos o propaganda relacionada con esta figura delictiva, por razones de máxima urgencia y CONSIDERANDO la existencia de grave riesgo para la vida de los ciudadanos, el orden público y la convivencia social, en evitación de que, de inmediato desaparezcan o se oculten elementos útiles para la investigación,

   AUTORIZA la entrada y registro en el domicilio antes mencionado a los funcionarios de la Brigada Regional de Investigación Social de esta Jefatura Superior, Inspectores de segunda clase del Cuerpo General de Policía, titulares del carnet profesional número A12GO–6277 y 8606, respectivamente, los que procederán a verificar inmediatamente dicha diligencia, haciendo uso de cuantas medidas fuesen precisas para ello, debiendo levantar ACTA, la que, junto con lo que se ocupe, se remitirá al Ilmo. Sr. Magistrado Juez del Juzgado de Instrucción de Guardia, al que se da cuenta inmediata de haber sido adoptada esta determinación.–. En Granada, a once de octubre de mil novecientos setenta y cinco. – AUTORIZA Y FIRMA EL JEFE DE LA BRIGADA REGIONAL DE INVESTIGACIÓN SOCIAL DE LA JEFATURA SUPERIOR DE POLICÍA DE GRANADA”. Cuando Julia acabó la minuciosa lectura, opuso a la cara de impaciencia de los dos sociales que estaban esperando la pregunta obvia:

   –Así que no han conseguido la orden judicial.

   –Por las prisas, guapa, pero con esta autorización nos basta y nos sobra. Tan enterada que pareces y no te han informado en el Partido que con el Decreto-Ley de agosto sobre prevención del terrorismo podemos entrar sin orden judicial. ¿O es que una persona tan informada como tú no conoce las últimas novedades? Además, ¿no acabas de leer que se ha dado cuenta al juez de guardia? Va, no perdamos más tiempo –dijo el social abriendo la puerta.

   –Me imagino que no han podido convencer a ningún juez de que yo soy una terrorista, ¿no? –dijo Julia mientras cruzaban el umbral.

    –Creo yo que tenemos aquí un hueso duro de roer –oyó Julia que le decía un social al otro en un susurro.

   Dentro del apartamento, Julia pudo ver que sus muebles ya no estaban. Pero en la sala de estar aparecían, en desorden y abiertas, varias de las cajas de libros y papeles. Eran los que los de la social habían estado seleccionando la tarde anterior antes de que la falta de luz les impidiera continuar con el registro.

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