«TRIBUNAL DE ORDEN PÚBLICO. SECRETARÍA. Rollo 3265 de 1975. Sumario núm. 1647 de 1975». Página 24 y como lo recojo en «Como un pulso».

arátula dossier del TOP
Tribunal de Orden Público, 24 de octubre de 1975

«PROVIDENCIA.- Juez:

Ilmo. Sr. (nombre borrado con tipex) En la ciudad de Granada a diez y ocho de octubre de mil novecientos setenta y cinco.

Por recibida la presente comunicación con los documentos a los que se refiere; únase a los autos de su razón y líbrese oficio al Sr. Director del Centro Penitenciario de Detención de esta Capital, complementario del mandamiento que se le acaba de librar, haciéndole saber del estado de embarazo de la presa Isabel Alonso Dávila, remitiéndolo las recetas relativas a su medicación, a fin de que se adopten las medidas propias del caso y sea sometida a vigilancia médica para asegurar su salud y el normal desenvolvimiento de su estado de gravidez.

Lo provee y firma S. Sª Ilma. doy fe.

(Rúbrica tachada con tipex)

DILIGENCIA.- Seguidamente se cumple, doy fe (Rúbrica tachada con tipex)

Pues sí, estaba embarazada y en la cárcel de Granada me visitó el médico. Y así lo cuento en «Como un pulso»

Portada de Como un pulso, Caligrama, 2020

Al día siguiente, a media mañana, Julia esperaba a la puerta de la enfermería. Cuando oyó un adelante y entró, vio a dos personas en la sala: el médico, de traje y corbata y sin bata blanca, parecía un falangista de los que ya no quedaban. Como si fuera el último mohicano y no estuviera dispuesto a renunciar ni al bigotito ni al rictus de «solo nosotros tenemos razón». Muchos de sus compañeros de militancia se habían quitado ya el disfraz de hombre del régimen. A su lado, una monja joven, bajita y muy delgada, vestía el hábito de las Hermanas de la Caridad. Una enorme toca blanca, muy almidonada, desafiaba las leyes de la gravedad encima de su cabeza.
—Túmbese en la camilla —dijo el médico.
—¿Me tengo que desvestir? —preguntó Julia.
—No. No es necesario.
El médico palpó su vientre con rapidez, sobre la cretona, y le hizo algunas preguntas. Después, ordenó a la monja que se sentara a la máquina de escribir que había en uno de los rincones de aquella sala, sobre una mesa pequeña de madera pintada de blanco. «Dos copias por favor», dijo.

El médico de la cárcel comenzó a dictar a la sor:

—Francisco Morata García, médico del Centro de Detención de Granada, certifica.—La monja presionó el tabulador de la izquierda y lo corrió hacia la derecha para agrandar el margen. El médico continuó dictando—: Que la interna Julia Ávila Sanz
presenta un estado de gestación de unos seis meses, habiendo presentado en el primer trimestre del mismo, según manifiesta, episodios hemorrágicos que, con reposo y tratamiento adecuados, desaparecieron. Durante su estancia en este centro, en los últimos días, ha presentado pequeñas sufusiones hemorrágicas, quizás debidas a colpitis concomitante a su embarazo, y que han ido cediendo paulatinamente, con el reposo establecido. Granada, 27 de octubre de 1975.

El médico firmó bajo aquel texto, que solo había ocupado la mitad del folio, y salió de la enfermería. Julia iba a seguirlo, pero Francisco Morata García la detuvo.
—Quédese un rato a hablar con sor Ángela, le hará bien —dijo, antes de cerrar la puerta.
Julia se había quedado a medio camino, sin saber qué hacer, pero tenía clarísimo que le apetecía tanto hablar con aquella monja como con su madre. Se volvió hacia ella y la encontró sonriendo, al lado de la camilla.
—Ven, anda, ven —dijo, acompañando las palabras con un gesto de las manos que pretendía ser dulce. Julia se acercó tan lentamente como cuando la llamaba la monja que daba clases de dibujo en el Colegio de la Esclavas—. Eres muy joven para estar
embarazada, ¿no?
—Estoy a punto de cumplir veintidós años. Creo que no es una mala edad para ser madre.
—Bueno, yo… lo que te quería decir… es que quizás la cárcel no es un buen sitio para que venga un niño al mundo, ¿no crees?
—Pues estoy muy de acuerdo. Pero está claro que yo no estoy aquí por voluntad propia. ¿O cree usted que sí? —preguntó Julia subrayando el usted con el tono.
—Mira, no te pongas así, que yo lo que quiero es ofrecerte ayuda. Si tú quisieras, podrías tener al niño en una buena clínica de Granada, la que está en el paseo del Salón.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué tengo que hacer para que pase eso?
—Bueno, compréndelo. Hay muchas buenas familias a quienes Dios no les da hijos. Y eso que están deseándolo y se lo piden a la Virgen todos los días.
—Si me puede decir ya a dónde quiere ir a parar, se lo agradecería. Tengo ganas de volver al patio con mis compañeras.
—Veo que eres una de esas personas a las que no les gusta ser ayudadas. Pero yo quiero ayudarte… Mira. Nadie tiene por qué saber que estás embarazada.
—Pues ya hay mucha gente que lo sabe.
—Entonces, puedes decir que has perdido al niño. Tendrás que reconocer que siempre será mejor para tu hijo que crezca en un hogar donde no le falte de nada, con todo el cariño, con una buena educación cristiana, con todas las comodidades…
Julia no la dejó terminar. Se giró y empezó a caminar a toda prisa. Casi en la puerta, oyó la voz de la monja:
—Me llamo sor Ángela. Si cambias de opinión, diles a las funcionarias que quieres hablar conmigo. Ellas me llamarán. Y yo vendré enseguida —fue lo último que oyó.
Julia corrió por el pasillo como si estuviera huyendo del mismo diablo. Le faltaba el aire.
Estaba ya estaba en el patio contándoles a sus compañeras lo que acababa de pasar cuando vio aparecer a la monja. Julia calló.
Sor Ángela se dirigió hacia el grupo de las comunes, y Julia respiró aliviada. Vio como Virginia, la beata del aborto, se levantaba enseguida a besar la mano que le ofrecía la monjita. La tenía extendida hacia adelante, con la palma vuelta hacia el suelo. Las demás le besaron la mano después, pero a Julia le pareció que lo hacían con menos ganas. Sor Ángela estuvo junto al corro que habían formado aquellas presas en torno a ella un buen rato, charlando animadamente. Después, se dirigió hacia Soledad, que, como siempre, caminaba resiguiendo los muros. La monja le hablaba, pero Soledad parecía no escucharla y seguía su camino mirando hacia adelante. Al cabo de poco tiempo, sor Ángela pareció darse por vencida y empezó a caminar hacia la puerta que comunicaba el patio con el pasillo. Cuando estaba a punto de salir, se volvió para saludar con aquellas manitas de niña, que se movían a trompicones como lo hacen las alas de las palomas moribundas. Solo las comunes, menos Soledad, claro, devolvieron el saludo a la monja.

(Isabel Alonso Dávila, Como un pulso, Caligrama 2020, páginas 166-169)

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